Pequeña gran guerra interna


Querer decir mil cosas y que se hacinen en la boca como una bola de algo que jamás podrás tragar; sentir una llaga en la lengua que no curará porque no existe; vivir de la ilusión que desprende una palabra despreocupada de unos labios ajenos; morir cada día con tu partida y renacer a tu vuelta, pero nunca antes de ti.

Horas que huyen despavoridas raudas cuando me drogo con cualquier otra cosa que no seas tú, y lentas cuando esperan que como un ariete destroces las murallas de mi defensa. Y así gira el reloj de arena, vuela el desierto en ella y no hay oasis ni sombra a la que llamar cobijo, solo noches frías y días dormido.

Una sonrisa sincera que roba la cordura, un gesto hermoso y adorable en un ser poderoso y quebrantable. Un escudo resistente pero cristalino y un castillo sin murallas cuyo Rey desposó a Impotencia decimoinfinita. En las almenas hay negras manchas de soledad originadas por las heridas que causaron sus saetas de alma.

En resumen: una guerra perdida de antemano. Podemos jugar a ser fuertes, pero ni los restos de lanzas quebradas del campo de batalla sostendrán nuestros cansados cuerpos. Pero qué más da, si al final solo habrá dos cadáveres en el yermo. Irónicamente, los inertes se levantarán para darse cuenta de lo que ya no sienten.

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