Cada día creo más que los sentimientos, tenerlos o
padecerlos, no son más que una muestra de debilidad. Son algo que interfiere en
el pilar de nuestro equilibrio emocional. Ya sean buenas o malas, las noticias
hacen temblar nuestros cimientos como si de gelatina se tratara.
La intensidad solo crea un espectro de maleabilidad en el alma, como un baremo en el que indicaríamos cómo indicen sobre el control que tenemos o creemos poder ejercer sobre nosotros mismos.
Dilatan y doblan cada tabique que sustenta nuestro equilibrio mental, y derriten con ello el hierro que forja nuestra fuerza vital.
Unos dirán que son necesarios para vivir, que empujan nuestro día a día y nos dan los ánimos para seguir adelante. En cambio, yo creo que solo frenan nuestro camino, que sólo actúan como impedimento para nuestras verdaderas metas, como una mera distracción a nuestros verdaderos fines; que en definitiva, no son más que un estorbo en la carretera.
Aunque más bien lo definiría como una trampa; un espejismo que altera la percepción de una realidad sobria. Y es que la sobriedad no altera, permanece pasiva e inalterable y en su estática dulzura nos da las pautas de una realidad moderada, dirigida y exitosa en su trayecto – y por lo tanto, también en su fín-.
Es pues la alteración anormal de nuestra entereza espiritual, distracción metódica del deber de nuestros sueños, o al menos, por todo lo que intentamos luchar en nuestro presente.
Con entereza y perseverancia, el ser humano es capaz de dotar de sentido sus actos, y aunque esto no sea más que una visión materialista (históricamente hablando), son sus manos pues, metafóricamente, una herramienta más de su propio destino.
Son los sentimientos, en este contexto, el aceite que nos hace resbalar, y que en el pavimento de nuestro fuero lubrican y propician nuestras caídas.
La intensidad solo crea un espectro de maleabilidad en el alma, como un baremo en el que indicaríamos cómo indicen sobre el control que tenemos o creemos poder ejercer sobre nosotros mismos.
Dilatan y doblan cada tabique que sustenta nuestro equilibrio mental, y derriten con ello el hierro que forja nuestra fuerza vital.
Unos dirán que son necesarios para vivir, que empujan nuestro día a día y nos dan los ánimos para seguir adelante. En cambio, yo creo que solo frenan nuestro camino, que sólo actúan como impedimento para nuestras verdaderas metas, como una mera distracción a nuestros verdaderos fines; que en definitiva, no son más que un estorbo en la carretera.
Aunque más bien lo definiría como una trampa; un espejismo que altera la percepción de una realidad sobria. Y es que la sobriedad no altera, permanece pasiva e inalterable y en su estática dulzura nos da las pautas de una realidad moderada, dirigida y exitosa en su trayecto – y por lo tanto, también en su fín-.
Es pues la alteración anormal de nuestra entereza espiritual, distracción metódica del deber de nuestros sueños, o al menos, por todo lo que intentamos luchar en nuestro presente.
Con entereza y perseverancia, el ser humano es capaz de dotar de sentido sus actos, y aunque esto no sea más que una visión materialista (históricamente hablando), son sus manos pues, metafóricamente, una herramienta más de su propio destino.
Son los sentimientos, en este contexto, el aceite que nos hace resbalar, y que en el pavimento de nuestro fuero lubrican y propician nuestras caídas.