Hace tiempo que no camino por la nostalgia, pero las viejas
costumbres siempre vuelven.
Serán las mañanas, que solitarias me acompañan en sigilo
dando ánimos a mis dedos para cabalgar sobre el teclado.
Es en la travesía que comienzan donde el fin no va a encontrar lugar, esto solo es el divagar de las arenas que se han colado por el orificio del reloj de cristal.
Sin necesitar un fin, solo un alivio, marchita la velocidad de la caligrafía. Buscando palabras entre la ceniza que se le escurre al cerebro se apagan las ascuas de la ocurrencia: si no queda oxigeno no se puede alimentar al fuego. Si hablando de fuego pronunciamos un eufemismo de pasión y locura.
Pero no es la pasión solo digna del tacto, ésta alcanza sentidos etéreos e impalpables tan solo bebiendo del aire, su poder impregna más allá de la vista; y es así como nos embriaga su vapor.
Es en la travesía que comienzan donde el fin no va a encontrar lugar, esto solo es el divagar de las arenas que se han colado por el orificio del reloj de cristal.
Sin necesitar un fin, solo un alivio, marchita la velocidad de la caligrafía. Buscando palabras entre la ceniza que se le escurre al cerebro se apagan las ascuas de la ocurrencia: si no queda oxigeno no se puede alimentar al fuego. Si hablando de fuego pronunciamos un eufemismo de pasión y locura.
Pero no es la pasión solo digna del tacto, ésta alcanza sentidos etéreos e impalpables tan solo bebiendo del aire, su poder impregna más allá de la vista; y es así como nos embriaga su vapor.
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